domingo, 3 de enero de 2010

DEMOCRACIA, o el gobierno del demonio.


La democracia es una forma de gobierno que no rinde honor al credo que predica sino que ejerce su política inversa bajo la mayor tiranía que el hombre haya conocido. Es por ello que debe llamarse por la verdadera naturaleza de su nombre: Democratismo.

La democracia ha sumergido a los pueblos en la lucha de clases perpetua, en la esclavitud económica, en la desigualdad, en el pensamiento único, en guerras ilegales, en el aumento de delincuencia, en la degeneración racial, en la dictadura de la usura y el mercado libre, en la nulidad espiritual y el caos más absoluto. Convierte a los necios en sabios, a los maleantes en honrados, a los cobardes en valientes y a los zánganos en trabajadores. Su impronta diabólica es evidente.

La democracia ya fracasó en Atenas de la Grecia antigua pese a basarse en una igualdad de hombres de estado que nada tenía que ver con la que impera en los tiempos presentes, que incluso toleraba la posesión de esclavos, vetaba a las mujeres de la mayoría de actividades sociales y no concedía derechos de ciudadanía a los metecos (extranjeros). Paradójicamente la democracia ateniense en la actualidad no sería considerada una democracia sino una forma de “fascismo”. No quiero imaginarme que nombre darían estos doctos de barbas marxistas a la democracia que existía en Esparta! Aristóteles ya advirtió de su iniquidad y hasta Platón, quien llegó a defenderla en un principio, prontó la repudió y alentó a retornar al espíritu aristócrata. Roma tampoco pudo sobrevivirla, terminó por arruinar su Imperio.

En su etimología se esconde el oscuro paradigma:

DEMOS: Demiurgo

KRATIA: Gobierno.

DEMOCRACIA: GOBIERNO DEL DEMIURGO

Según la Gnosis Primordial el Demiurgo es la representación del mal y como tal, su poder no es divino sino secular. Ese Demiurgo es Jehová-Satanás, el Gran Carcelero, el Corruptor del Universo. La democracia es por tanto la forma de Gobierno del Demiurgo, la Fuerza del Demonio. Llama mucho la atención la similitud casi total entre los vocablos ”Demo” y ”Daemon” (Dáimôn). La Historia ha enseñado al malvado, quien a su vez hizo olvidar al noble, que cualquier forma de vida que se aleje del orden natural, es decir, de lo divino, sucumbirá en fuego propio. Y la democracia es la mano de hierro del Maligno, que quiere materializar la caída de la humanidad hasta su total descomposición. Ocioso es recordar que los inventores y adoradores de Jehová no son otros que los judíos.

El judío creó a Dios y Dios creó al Demiurgo, éste es el principio del rah hebreo. Por ende el judío se ha adueñado de la Democracia, pues supone la herramienta más útil para cumplimentar su pérfido plan de domino mundial. Es la tiranía de los Pasus, los Sudras, los Chandalas, donde la Jerarquía es sustituída por la igualdad y los esclavos pasan a ser los amos. La inversión del orden natural. Empezó con la revolución cristiana, continuó con la revolución francesa y culminó con la revolución bolchevique (no debe olvidarse que los comunistas solían llamarse a si mismos demócratas).

El primer dogma de igualdad universal se halla en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana, en el famoso sermón de la montaña atribuido a Cristo por los escribas judíos. El segundo dogma florece bajo el liderazgo del liberalismo francés jacobino al grito de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, cerrando así los tres vértices del triángulo masónico. Y el tercero con el ”Manifiesto Comunista” del judío Karl Marx y su dictadura del proletariado. Observamos pues, como en todos estos acontecimientos históricos el elemento judío está presente, apoderándose de la voluntad de la gran masa del pueblo y manipulando siempre las ideologías en su beneficio. Primero tergiversó el alma de los pueblos, después se apoderó del dinero y finalmente prepara el terreno del Apocalipsis. Como decía Dostojewski: ”Ya se trate de socialismo, pacifismo o capitalismo, son palabras ”internacionales” que entusiasman a los judíos, evoca en ellos la esencia del consensus sin tierra y sin límite”. Es decir, herramientas útiles para su ansiado domino total del planeta.

La liberalización y socialización económica aceleraron enormemente los planes talmúdicos esclavistas. El capitalismo nace con la democracia para hacerse inextricablemente dependiente. Tanta atadura y poder han ido adquiriendo mutuamente que ya no se sabe si es el Capital quien financia la democracia o si es la democracia la que avala el Capital, como si el uno fuese la firma notarial del otro. Por eso no sorprende que el capitalismo financiara en su día al marxismo y su revolución y que saliera a su rescate en la segunda guerra mundial. Nunca han sido sistemas antagónicos como pretende la ortodoxia, si no las dos caras de la misma moneda. El comunismo concentra el dinero en el estado (capitalismo de estado) y el capitalismo lo hace en el libre mercado (capitalismo privado), a través de los monopolios de empresas y bancos, pero es finalmente el trabajador quien queda sumido en la ruina económica. El dinero siempre termina en manos de los judíos, ya sean jefes de estado o banqueros y empresarios internacionales.

Esta es la realidad de la democracia. El judío ha conseguido sustituir los derechos del hombre por los derechos humanos para ganar ellos los mismos derechos que los demás y poder gobernar dentro de las naciones, mimetizado en ellas, creando un estado dentro de otro estado. Han destruido el orden social en favor del individualismo materialista en el centro de sus aspiraciones. Los individuos ya no viven bajo el halo de la comunidad, han sido excluidos del espíritu colectivo. Toda política y legislación está al servicio de agentes especuladores. Ya no existen los hombres de estado, están transformados en síndicos de consorcios, transnacionales y monopolios como lacayos de la Alta Finanza Internacional, es decir, de los hijos de Israel. El Derecho y la Jurisdición han sido rebajados también a meros instrumentos del mismo espíritu partidista. Los hombres que gobiernan las naciones demócratas son una piara de despreciables delincuentes que deberían estar sentados en el banquillo de un Tribunal de Honor y ser procesados por sus crímenes.

Pero en democracia no existe el honor. El honor, la moral y la ética han pasado a ser valores execrables perseguidos y castigados. La libertad de expresión debe ajustarse al Diktat del sistema de lo contrario también es sancionada, incluso con la cárcel. Toda disidencia es vigilada y prohibida de tal modo que recuerda a los peores tiempos de la inquisición medieval. Basta recordar lo sucedido estos días con el obispo Richard Williamson, exiliado del país por el gobierno argentino por declararse no creyente de la fe del Holocausto. Es una dictadura disfrazada de humanismo. Nos dice como hay que vestir, que perfume usar, que libros y prensa leer, que cine y televisión mirar, que música escuchar, que arte contemplar, que hacer con el tiempo libre, como pensar, que tipo de relaciones sexuales tener, como educar a nuestros hijos, que trabajos ocupar, como gastar nuestro dinero, con que razas convivir, quienes son hérores y quienes villanos, a quien odiar y a quien amar.

Las mujeres también juegan un papel preponderante en la democracia. El feminismo las ha convertido en lo opuesto a su naturaleza. Ahora ellas también son esclavas, debe salir a trabajar y ganarse el sueldo. Emancipar a la mujer ha sido corromperla. Dentro del feminismo ha surgido la reivindicación del llamado ”Movimiento Gay”. Esta simbiosis encaja en la lógica de la inversión de los roles naturales del hombre y la mujer, no puede comprenderse un fenómeno sin vincular al otro. No es un efecto de la casualidad sino de la causalidad. Mientras el feminismo masculiniza a la mujer, el ”Movimiento Gay” afemina al hombre. Las mujeres ejercen ahora tareas laborales y sociales masculinas y el hombre femeninas. Es algo ”normal” en democracia ver mujeres como ministras de defensa y hombres como profesores de baile femenino. La impostura del reclamo de ‘derechos de la mujer’, de ‘derechos de los homosexuales’ o de exhortar a los hombres a adquirir una ”inteligencia emocional” persigue el fin mezquino de desequilibrar el nivel de testosterona en los hombres y de los estrógenos en la mujer. El principio natural de ”todo tronco es masculino y todo tallo femenino” queda corrompido, pues se invierte el Hielo por el Fuego, la Luz por las Tinieblas, el Yin por el Yang. Toda armonía entre hombres y mujeres queda rota dentro de la comunidad haciendo sus caracteres incompatibles. De ahí que los divorcios estén a la orden del día en la democracia. Es el triunfo del feminismo en detrimento de la virilidad.

Finalmente el sistema demócrata conlleva al aniquilamiento de toda diversidad; fabrica una uniformidad artificial que destruye las identidades de los pueblos. El esplendor cultural y racial de cada pueblo termina formada en una masa homogénea y desnaturalizada que piensa y siente del mismo modo. La mezcla de razas que se fomenta conlleva a la desaparición de las mismas. Aparece en la sociedad un nuevo tipo de hombre, un novo homo, sin idiosincrasia, memoria genética y cultura ancestral. Este malvado exterminio de razas es alentado por los judíos para hacer de la humanidad un mismo ente de fácil sumisión a sus intereses talmúdicos.

Pero cuando alguien denuncia todas estas perversidades del sistema es automáticamente tildado de ”machista”, ”racista”, ”xenófobo”, ”fascista”, ”homófobo”, ”reaccionario” o cualquier otro disparate semejante y condenado al ostrascismo social. Este es el verdadero rostro de la democracia, la intolerancia y la dictadura más abyecta del dogma igualitarista marxista.

Siempre se ha defendido que la democracia es el único régimen no totalitario que puede existir, sin embargo la empiria ha demostrado que es más totalitaria que cualquier otra forma de gobierno. Es un hecho, pues, que todos los gobiernos son y serán siempre totalitarios, pues todos proyectan su luz política en el estado y la custodian. La democracia tampoco es diferente. Habría que preguntarse entonces seriamente de qué vinieron a salvarnos en Europa los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Ellos dijeron que del totalitarismo, con lo que entendemos que vinieron a cambiar un totalitarismo por otro. Mejor que no hubieran venido a ‘’salvar” nada, pues ha sido peor el remedio que la supuesta enfermedad.

En estos últimos meses y en relación con el debate de la presente crisis, se ha oído en la calle y en los medios de comunicación numerosas opiniones que aseveraban que para evitar nuevas crisis en el futuro habría que establecer una “verdadera democracia” -decían unos-, un “verdadero comunismo” -decían otros- o un “verdadero capitalismo” -decían otros más-. Parece que este tipo de hombres lobotomizados por el pensamiento grupal del sistema son incapaces de cambiar el curso del destino. Hay que rechazar confiar en ellos, pues no saben ver cual es la raíz del problema. Llevamos años escuchándoles hablar estérilmente acerca de la ”verdadera” democracia. No existe una “verdadera” democracia, un “verdadero” comunismo o un “verdadero” capitalismo, ellos son lo que han venido materializándose a lo largo de estos siglos, forman en realidad un mismo tipo y siempre han traído esclavitud, latrocinio y crimen. Creer en una ”verdadera” democracia es ciertamente una cuestión de fe. La realidad es la que ha existido al menos en los últimos mil años, ya haya sido en democracia directa o indirecta o representativa, participativa, partitócrata o no, con separación de poderes o sin, liberal o popular, militar o nacional, monárquica o republicana, socialista o capitalista, de derechas o de izquierdas, y sólo ha traído el infortunio a las naciones. No debe haber nuevas oportunidades para restaurar la democracia. LA DEMOCRACIA ES EL MAL. Si de verdad queremos vivir en un mundo digno hay que hacer una revolución contra el sistema y ésta pasa por destruir la democracia desde sus cimientos y no por volver a otorgarle el cetro de poder. Pretender cambiar un sistema sin cambiarlo es la antítesis de cualquier revolución.

Los libertadores de este caos serán aquellos que aniquilen de una vez la tiranía del democratismo.

Ley Solar.

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